Bajo la noche abierta va el muchacho

Omirando a Dios con sus dos ojos ciegos.

William Ospina

La India lo sabe todo de ti
JOSÉ MARÍA ESPINASA

Poeta, ensayista y crítico mexicano

Son innumerables los artistas y escritores latinoamericanos que han expresado su asombro ante la India: Octavio Paz, que se ocupó en diferentes ensayos de ella, dijo que era “la extrañeza total” en una reacción casi automática, que luego trató de explicar en poemas y ensayos diversos. Ese extrañamiento, sin embargo, es muchas veces una paradoja, como si esa confusión entre la designación de indios para nombrar a los aborígenes americanos y para hacerlo con los habitantes de esa región asiática fuera un extraño signo de una cer-canía más profunda. No hay que olvidar que el nuevo mundo “apa-reció” cuando se buscaba una ruta distinta para Las Indias y la novedad de la ruta se convirtió en el nacimiento —para occiden-te— de un continente. William Ospina ha sido siempre un poeta que tiene a flor de piel una capacidad para vivir la extrañeza, es capaz —cosa no tan frecuente— de sentir asombro. 
Además, el asombro ante la India, a diferencia del que se vive con otras culturas extrañas, tiene algo de natural, no es un mundo que nos resulte inventado o ficticio sino en el que encontra-mos un sentido de lo real paralelo a nuestra realidad y entrecru-zándose con ella todo el tiempo. Ospina descubrió al escribir  Auroras de sangre que el asombro está en el fundamento de nuestra existencia: sorpresa de los conquistadores ante el nuevo mun-do, sorpresa de los habitantes de esa región ante la llegada de los españoles, tanto que los creímos dioses. Nuestra epopeya se volvió una crónica de ese doble asombro o asombro de ida y vuelta.  Tal vez por eso el autor de Es tarde para el hombre, inspirado libro que se pregunta sobre la crisis que hoy nos constituye como cultura a través de su trabajo sobre Juan de Castellanos y Las elegías de varones ilustres descubre una condición auroral que se vuelve a hacer presente en Más allá de la aurora y del Ganges.


Toda sorpresa es una sensación auroral, es el amanecer cuando el mundo que se ilumina nos sorprende y va tomando for-ma ante nuestros ojos. En términos fotográficos la mañana nos revela el mundo, los ojos se van abriendo conforme la luz toma posesión de las cosas y va fijando los colores. E imagino esos colores como los plasma la pintura de Pedro Ruiz ante esa extrañeza paralela, igual pero distinta a la de Ospina. Es aleccionador ver la diferencia de las reacciones ante la India de escritores como Pablo Neruda, Octavio Paz o Jorge Zalamea, y compararlas con esta nueva mirada de los dos artistas, escritura y trazo que quieren reflejar esa pregunta fruto del asombro ante una realidad que, entre asombro y extrañeza o incluso miedo, y a la que no se responde sino creativamente, con la poesía. No se trata esta vez ni de un ensayo ni de una ilustración sino de una respuesta sensible para disimular el pasmo.
Doy un rodeo: en los años setenta la escritora y cineasta francesa, nacida en Indochina, Marguerite Duras, hizo una serie de novelas y películas con el drama de la India como horizonte.

Entre ellas India Song, texto y film, obras maestras complementarias que dan otra manera del asombro. En ellas, en la India, el hombre occidental sufre una “lepra del alma” ante esa realidad que encarna la mendicante, trasunto de nuestra llorona que ruega por sus hijos. Pero tanto Ospina como Ruiz no ceden a eso que podemos llamar incomprensión esencial del europeo, gracias a que son latinoamericanos y están mejor dispuestos ante esa extrañeza. Sus trazos y sus palabras tienen algo de diario del asombro.  Ospina dice: “detrás de una montaña, India aguarda”. Sí, India siempre (nos) aguarda, nos espera, sabe que vamos hacia ella, no como ir hacia un horizonte geográfico sino hacia un sentido vital. Y agrega: “Más allá de los mares, India aguarda / a cinco guerras de distancia”. ¿Las guerras son una medida espacial o temporal?  El poeta parece escribir un diario y en su cuaderno de viaje la ano-tación escapa hacia el poema, el pintor pone a bailar a un elefante y vuelve el peso de ese paquidermo, sinónimo de lentitud, imagen de la gracia. Y el poema en la página las palabras que me vienen a los ojos: “nada enceguece tanto como ver demasiado”. 
El reino del asombro es fruto de la paradoja: una barcaza va por el desierto empujada por un remero portador de un elefante sobre el que llueven flores o un tigre que es y no es el de Blake y el de Borges:

Vas llegando a la India poco a poco. A sus oscuras madres adolescentes que endureció temprano la pobreza implacable,
a sus hombres que orinan al pie de las acacias,
a esas sombras de árboles hechas de vagabundos,
y a ese que hace mil años vende alfombras de seda,
Tigres de lapislázuli.

Un hombre que no tiene casa, tiene caminos y el pintor le ofrece unas sandalias humildes de plástico y el poeta sus palabras dubitativas. La idea de lujo y la de riqueza se transforman. El ero-tismo encarna en la piedra que palpita tan lejos de la estatuaria de occidente (y a veces tan cerca de la prehispánica): “enséñale a la piedra el susurro, / el gemido”. Si bien en el asombro hay un rastro de incomprensión aceptado, también hay la humildad del que per-cibe la grandeza de aquello que no entiende del todo y para sentir-lo lo vuelve palabras, trazos, colores, ritmos. Si Ospina aprende en las auroras de sangre y en la saga de construcción de un paisaje, un país y una cultura Ruiz bebe en las obras de los naturalistas virrei-nales y decimonónicos —podemos acaso olvidar al sabio José  Celestino Mutis— al ver el aleteo de la mariposa en la pintura in-móvil o ese árbol que tiene por follaje una nube.


Aunque lo formule como pregunta Ospina sabe que la sed surge del agua al igual que los colores surgen de los ojos, de unos ojos aptos para llorar pero también para sonreír, para aceptar al mundo y darle así la felicidad de su mirada o como quería Antonio Machado, la alegría de ser mirado. Las mariposas que se posan en los tobillos vuelven los pies de ese hombre memoria del vuelo de Mercurio y hasta podemos adivinar el aliento del helenismo oriental en ellos. El pintor y el poeta hacen en Más allá de la aurora y el Ganges, gracias a su talento para manejar el color y el verso, el trazo y el ritmo, un testigo fiel del asombro ante la India. Fiel, en su sen-tido de corresponder y no trastocar la realidad, y fiel en el de transmitir esa otredad que provoca el asombro o la extrañeza. En el libro está, claro, la mirada personal de ambos, pero está también esa otra mirada que la India como un espejo que provoca una anagnórisis.

Ellos miran a la India y la India nos mira a nosotros lectores en sus palabras y trazos. El pintor y el poeta dialogan de manera intensa: una imagen de un mendigo cubierto con un enorme paraguas azul que toma el lugar de la nuca y se vuelve rostro provoca un verso ful-gurante del poeta: “Es la lluvia que viste de fiesta a los mendigos”. ¿Qué fue primero el color o la palabra? Nosotros lectores sabemos —vivimos— su condición simultánea. Y la sintonía entre ambos ar-tistas en este libro se manifiesta en un espíritu que no es ni quejoso ni frívolo, no busca la taxonomía del antropólogo o el sociólogo pero tampoco la del que anda en busca de esoterismos para cualquier cir-cunstancia, en ambos hay un ejercicio de introspección a través del diálogo. Lector, ven y encuentra en este Más allá de la aurora y el Ganges, un más acá, un aquí pleno.

Llamaron a la luna la mente de lo alto
y llamaron al sol el ojo que ve todo
y llamaron al árbol el hombre que no huye y llamaron al viento la palabra sin cara.

De las cuatro cabezas del dios que lo hizo todo
una nunca es visible.


¿Quién sabrá agradecer al que abrió el primer surco, si es el que abrió la herida?


¿Quién sabrá agradecer por la boca que canta
si es la misma que grita?


¿Quién sabrá agradecer por el cuerpo que ama,
si es el mismo que duele, 
si es el mismo que muere?

Parecen muertos estos templos, están amontonados en la ladera, entre piedras ruinosas. Sólo viene un pastor a cuidarlos, con sus cabras azules. Nadie viene a rezar, ni a cantar, nadie enciende alcanfor ni incienso  ni madera de sándalo. Pero cuando los últimos pavos reales se apagan en las ramas del árbol, y cuando el sol se muere como un jabalí sobre el mar, cuando en el polvo de las calles se borran los cuernos verdes y amarillos de los bueyes rituales, la Luna baja su tambor a los templos, y las piedras recuerdan a qué vieja ciudad pertenecieron, y hay a menudo voces en idiomas que los dioses no entienden.

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