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Hi 8, el arte de mirar

 

Por William Ospina

 

Existe un poema Zen en el cual alguien recorre las galerías de un palacio oriental, asciende escaleras, atraviesa escalones, llega finalmente a un pabellón con ventanales, sale a una terraza entre parterres de flores, se sienta en las frescas baldosas, ordena su cuerpo para una ceremonia, mira al cielo desde el gran balcón y justo entonces sobre el horizonte se alza ante sus ojos la luna llena.

 

Nos parece casual ese encuentro, la ilustración de una mera coincidencia. Después comprendemos que todo el poema es una metáfora del arte de mirar. Es verdad que la luna solo se alza cuando estamos allí para contemplarla. Centenares de veces no estamos dispuestos y simplemente no la vemos, aunque esplenda en el cielo del anochecer, porque otras cosas tal vez menos sublimes y ciertamente más urgentes ocupan nuestro tiempo. Para que ocurra ese hecho mágico al que llamamos ver, ver de un modo profundo, detallado, reverencial, se requiere una particular disposición, una coincidencia de la actitud interior con el hecho externo.

 

Cada uno de nosotros posee una vasta galería de imágenes atesoradas a lo largo de sus días en el mundo. No sabemos de qué modo la sensibilidad las recoge y la memoria las almacena, cuáles son los sistemas de clasificación, qué imágenes se transparentan en otras, qué imágenes neutralizan a otras, qué imágenes se superponen o se acumulan. Pero una de las más nítidas vocaciones del arte fue la de interrogar los secretos y los misterios de la mirada. Porque ya todo ver es un seleccionar, todo recuerdo, una escogencia, y como lo prueban los sueños, todo recuerdo es una opción y una invención del alma.

 

Alguna vez el arte se propuso la fiel representación de las cosas del mundo. Alguna vez se propuso reelaborar las cosas, los nítidos contornos, las exactas texturas, los matices rigurosos y la precisa luminosidad.

 

Hi 8 es un minucioso y radical tratado de la mirada, un ejemplo de cuán múltiple puede ser el arte de mirar.

 

Pedro Ruiz es un creador ante cuya mano mágica se rinde la realidad, alguien que, sin embargo, más allá del realismo ingenuo y de los imperativos de la desintegración, persigue al mismo tiempo la realidad y el mito, lo directo y lo escabroso de la vida, pero a la vez lo sereno y lo intemporal.

 

Ahora nos pinta estampas de un álbum quimérico, láminas que parecen explorar la diversidad del mundo sin más propósito que dejar testimonio de una mirada.

 

Todo ha pasado por la lente de la cámara, todo ha pasado por el ojo, todo ha pasado por la paleta y el pincel; nos equivocaríamos si pensamos que allí están de verdad esos detalles del mundo. El paisaje de la llanura dócilmente se ordena en cuadrados y se geometriza convirtiéndonos en observadores aéreos, la señal ironiza bajo el amparo del follaje, la moto se recorta contra la ciudad siniestra, el vendedor es un pretexto para el radiante amarillo, el árbol es un desamparo vegetal, el hombre un plácido abandono, la nube un milagro evanescente, la calle un tejido de trazos y de signos, los cigarrillos un collage de colores, lo que emerge entre las masas de verde oscuro se nos antoja un paisaje de agua, la mansión con sus palmeras es un paisaje clásico, las vacas un ejercicio musical, la paloma una tensión entre lo esencial y lo deletéreo, el rostro con el agua hasta los ojos una advertencia.

 

Y sentimos que alguien que se deleita infinitamente en esta ilusión de las apariencias, alguien que sabe, como Nietzche, que “Solo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo”, nos está dando una valerosa, paciente, brillante, múltiple, festiva y delicada lección, un ejemplo magnífico del arte de mirar, del arte de arrebatar las imágenes al soplo del viento y detenerlas ante nosotros en múltiples lenguajes para que degustemos su extrañeza, captemos su misterio y vagamente intuyamos su poderoso sentido. En un mundo donde los organismos se pliegan a la tiranía de los mecanismos, qué grato es sentir cómo Pedro Ruiz nos devuelve la irreductible condición sensual de la mirada, la fracción de divinidad que viene hasta nosotros en cada raudal de luz cargado de imágenes.

 

 

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